Por Gisela Colombo
La expansión reciente de la inteligencia artificial volvió a encender una pregunta que parecía resuelta por la modernidad: ¿hasta qué punto el lenguaje refleja la experiencia humana? La irrupción de sistemas capaces de escribir, responder preguntas complejas, sostener conversaciones y producir textos emocionalmente convincentes trasladó el debate desde la mera técnica hacia un territorio más delicado. En esa mudanza, dos nombres del siglo XX reaparecen con nitidez inesperada: Borges y Wittgenstein. Desde tradiciones distintas, advirtieron que el verdadero problema no sería la máquina, sino el lenguaje.
La sensación de extrañeza se explica por un desfasaje evidente. Detrás de lo dicho por las máquinas no hay memoria, cuerpo ni experiencia. La máquina habla de amor sin haber amado; del miedo, sin haber temido; de la muerte, sin conciencia de finitud. Allí, en ese corte entre palabra y vivencia, se condensa el dilema contemporáneo.
El giro inesperado: cuando la máquina habla de lo humano
La novedad no es sólo tecnológica. Es ontológica. Por primera vez convivimos con discursos que parecen comprender y, sin embargo, carecen de una conciencia verificable detrás de ellos. Las palabras —que durante siglos se entendieron como huellas de la experiencia— comienzan a circular separadas de aquello que les daba espesor. El efecto es paradójico: cuanto más convincente suena la voz artificial, más visibles se vuelven sus límites. La potencia expresiva se sostiene sobre una ausencia: la de haber vivido lo que enuncia.
En esta convivencia con textos que suenan humanos pero no lo son, emerge una de las tensiones filosóficas más hondas de la época. Las palabras ya no garantizan lo vivido. Y ese desencuentro reconfigura nuestra relación con lo que entendemos por sentido.
El lenguaje como problema central del futuro
Durante décadas se creyó que el avance de las máquinas plantearía un reto de automatización y eficiencia. Pero la literatura y la filosofía del siglo XX insinuaron otro desenlace. Borges y Wittgenstein intuyeron que el foco no estaría en los artefactos sino en las palabras. Hoy, esa sospecha adquiere cuerpo: el problema decisivo del futuro no sería la máquina, sino el lenguaje. La pregunta que se impone no es si los algoritmos funcionan, sino cómo sus producciones reconfiguran la experiencia compartida, la idea misma de verdad y el modo en que construimos sentido.
Wittgenstein ante el embrujo de las palabras
Wittgenstein ya había encendido una alarma. “La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestra inteligencia por medio del lenguaje”, escribió en sus Investigaciones filosóficas. La frase resuena con intensidad en un presente donde la IA produce discursos coherentes, persuasivos y emocionalmente verosímiles. El embrujo, sugiere el filósofo, no radica en la mentira deliberada, sino en esa fuerza hipnótica de las palabras cuando se separan de las prácticas que les dan sentido.
Lo que hoy observamos es la radicalización de ese riesgo: sistemas que simulan comprensión sin conciencia, enunciados que sostienen conversaciones sin haber pasado por la experiencia que, históricamente, anclaba el significado. El desafío no es menor: aprender a leer más allá del hechizo.
Borges y el mundo que reemplaza a la realidad
Borges imaginó este terreno antes de que existiera internet. En sus relatos, el lenguaje deja de describir el mundo para comenzar, lentamente, a reemplazarlo. En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, una ficción termina suplantando la realidad; en “La Biblioteca de Babel”, el exceso infinito de información vuelve imposible distinguir entre verdad y delirio. Leídos hoy, estos textos parecen menos fantasías que anticipaciones culturales de la lógica de la inteligencia artificial: no la precisión, sino la profusión; no la referencia, sino el laberinto.
Su intuición resulta contemporánea porque coloca el acento donde más duele: en el modo en que el lenguaje puede emanciparse de lo real y convertirse en un sistema autónomo, brillante y, al mismo tiempo, desconcertante.
Exceso de sentido y vértigo contemporáneo
El problema de nuestro tiempo no es la escasez de información. Es su proliferación ilimitada. A medida que el mundo produce más y más lenguaje, encontrar significado se vuelve más difícil. La abundancia no garantiza comprensión; a menudo produce saturación, ruido y desconcierto. En la era de la IA generativa, el vértigo no proviene del silencio, sino de lo contrario: del exceso de sentido.
La consecuencia práctica es nítida: la tarea ya no consiste sólo en acceder a contenidos, sino en depurar, contrastar y habitar con lucidez un océano de enunciados en el que lo verdadero y lo falso, lo profundo y lo trivial, circulan con idéntica velocidad.
La erosión de una certeza antigua
Durante siglos, la palabra fue considerada la prueba más robusta de la conciencia humana. Hoy, esa certeza se erosiona. La novedad de esta revolución no se explica por la productividad ni por la automatización, sino por algo más íntimo: el desdibujamiento del vínculo entre lenguaje y conciencia. La IA parece habitar un territorio ambiguo donde es posible producir sentido sin experiencia humana plena detrás de ese sentido.
Borges aparece, una vez más, como un contemporáneo inesperado. No porque haya previsto técnicamente los desarrollos actuales, sino porque comprendió antes que muchos que el lenguaje podía independizarse de la realidad y erigir su propio laberinto. Ese mapa, más que un diagnóstico cerrado, funciona como advertencia.
La literatura, en silencio, llevaba tiempo formulando la sospecha. La inteligencia artificial la volvió imposible de ignorar. La pregunta que queda en pie es menos tecnológica que ética y epistemológica: ¿cómo sostener la responsabilidad del sentido cuando el lenguaje ya no garantiza, por sí solo, el peso de lo vivido?
La respuesta, si llega, no vendrá de mejores promesas técnicas, sino de una vigilancia más afinada sobre el modo en que usamos las palabras. Nombrar nunca fue un gesto inocente. En la era de discursos infinitos y comprensiones simuladas, quizá sea, más que nunca, un acto de cuidado.
Cita clave
“La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestra inteligencia por medio del lenguaje”, escribió Wittgenstein. En tiempos de discursos verosímiles sin conciencia detrás, la advertencia recobra urgencia.
Textos evocados
“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y “La Biblioteca de Babel”, de Borges, ilustran un lenguaje que deja de describir el mundo para reemplazarlo o saturarlo, anticipando el laberinto contemporáneo del sentido.