Durante los últimos meses, los videos de Eduardo Mondaca han captado la atención de miles de usuarios en redes sociales. Desde un roquerío de Caleta San Marcos, en Iquique, el buzo y divulgador de contenidos sobre el océano comparte sus encuentros con un pulpo y revela aspectos de la sorprendente inteligencia de estos cefalópodos.
Según relata, con el animal se ha generado confianza y, en una ocasión, incluso llevó a su familia para conocerlo.
Un primer encuentro marcado por la defensa
Eduardo conoció al pulpo mientras caminaba por la zona junto a su hermano. Ambos lo divisaron entre las rocas, pese a que nunca habían visto uno en ese sector. La reacción inicial del animal fue hostil: lanzó un chorro de agua y tinta, se escondió y cambió de color.
El buzo tampoco imaginaba que un pulpo pudiera habitar un lugar tan cercano a la orilla. Como el sector era bajo y de fácil acceso, comenzó a visitarlo con frecuencia.
El acercamiento fue gradual
Durante sus primeras visitas, Eduardo mantuvo la distancia. Se sentaba pacientemente cerca de la cueva que el pulpo utilizaba como refugio e intentaba observarlo sin invadir su espacio.
Al principio, el animal permanecía muy defensivo. Con el tiempo, sin embargo, empezó a aproximarse. Eduardo recuerda que, cuando se ubicaba detrás de una piedra, el pulpo se asomaba para mirarlo. Ese comportamiento le hizo pensar que entre ambos se había establecido una relación amistosa.
Conductas que sorprendieron al buzo
Eduardo considera que la actitud defensiva de los pulpos está relacionada con las amenazas que enfrentan. Explica que son animales muy depredados y que, en el norte de Chile, pueden ser atacados por lobos marinos, peces y también buzos, debido a la alta demanda de estos ejemplares.
Los encuentros entre ambos se han extendido por unos tres meses. En sus visitas más recientes, el pulpo comenzó a acercarse a la orilla cuando Eduardo llegaba a la piedra y, en algunas ocasiones, llegó a sujetarle los pies.
El animal también lo ha sorprendido con otras conductas. En una oportunidad se enfrentó a otro pulpo que ingresó en su territorio. En otra, salió del agua y empezó a desplazarse por la superficie de las rocas, una escena que el buzo nunca había observado antes.
El encuentro con la familia
Cuando la confianza fue mayor, Eduardo llevó a su familia al roquerío. El pulpo no se aproximó de la misma manera a ellos, aunque permaneció visible. Al no detectar hostilidad, continuó acercándose al buzo: entraba y salía de una cueva, movía sus tentáculos y cambiaba de color mientras interactuaba con él.
Qué explica la ciencia sobre este vínculo
BioBioChile consultó a Nicolás Pérez, biólogo marino y divulgador de contenidos sobre ciencias del mar en redes sociales. El especialista explicó que este tipo de comportamiento no es completamente desconocido, aunque sí resulta poco habitual en la naturaleza.
Una inteligencia capaz de reconocer individuos
Pérez sostiene que el pulpo posee una inteligencia muy desarrollada pese a ser un invertebrado y una capacidad de razonamiento elevada. Por eso, considera posible que manifieste interacciones complejas como las registradas por Eduardo.
Sin embargo, el experto advierte que la interacción con un ser humano no necesariamente representa una amistad para el animal. Ese concepto pertenece al ámbito humano y puede no corresponder con la etología de los cefalópodos. En su opinión, las personas tienden a proyectar sus propios sentimientos sobre la conducta de otras especies.
La ciencia sí ha comprobado que los pulpos tienen reconocimiento individual y memoria. Pueden distinguir a diferentes seres humanos mediante señales que perciben, entre ellas estímulos visuales y químicos.
Habituación y la advertencia de no alimentarlo
Además, los pulpos son animales curiosos y pueden desarrollar procesos de condicionamiento, es decir, habituarse a una situación. Si la presencia de una persona no representa una amenaza o está asociada con una recompensa, como alimento, el animal puede acostumbrarse a ella.
No obstante, Nicolás Pérez subraya que nunca se debe alimentar a estos animales. Si no existe una recompensa y el pulpo simplemente relaciona a la persona con la ausencia de peligro, podría habituarse rápidamente, tolerar su presencia o incluso buscar el contacto.
Sentir de otra manera y proteger la especie
Eduardo continúa visitando al pulpo casi a diario y utiliza sus redes sociales para generar conciencia sobre la vida marina. También espera que en el futuro se regule mejor la extracción de pulpos del océano para consumo humano, con el objetivo de contribuir a la conservación de la especie.
El buzo afirma que los pulpos son inteligentes y que tienen capacidad de sentir, aunque no lo hagan de la misma manera que otros animales o los seres humanos.
Pérez coincide en que los pulpos poseen sus propias formas de sentir, aunque considera que llamar amistad a este vínculo puede ser una interpretación antropomórfica. Explica que estos animales son solitarios y no forman parejas monógamas. En ocasiones pueden relacionarse con ejemplares de su misma especie, pero eso suele ocurrir ante presiones ambientales, como la escasez de alimento o la necesidad de encontrar refugio.
Para el biólogo, reconocer que sus formas de relacionarse son diferentes a las humanas no significa negar que puedan sentir. Incluso, sus experiencias pueden ser más complejas que las de las personas. También advierte que el caso de Eduardo es extraordinario y no debe intentarse replicar: un pulpo que se encuentre con un humano probablemente lo perciba como una amenaza y trate de escapar.