El medio británico The Guardian volvió a situar bajo escrutinio a la industria del salmón chileno, al publicar un reportaje que reúne denuncias sobre accidentes laborales, contaminación ambiental y fiscalización insuficiente. Organizaciones, trabajadores y comunidades costeras sostienen que el actual modelo productivo expone a riesgos persistentes tanto a quienes laboran en el sector como a los ecosistemas del sur del país. “No se imaginan cuánta sangre humana lleva”, afirma uno de los testimonios citados por el medio, en referencia a una cadena de muertes laborales que contrasta con los estándares reportados por productores líderes a nivel mundial.
Un reportaje que reabre el debate internacional
La pieza de The Guardian vuelve a encender alertas sobre Chile, segundo mayor productor de salmón a nivel mundial y uno de los principales exportadores hacia Estados Unidos y Europa. El artículo articula un mosaico de voces que apuntan a fallas estructurales: protocolos de seguridad vulnerados, uso masivo de antibióticos, afecciones sobre la pesca artesanal y vacíos de fiscalización en zonas remotas. El resultado, según organizaciones y trabajadores, es una presión creciente sobre las costas de Los Lagos, Aysén y Magallanes, y un deterioro de las condiciones laborales y ambientales que escala en visibilidad y costo reputacional para el sector.
Muertes en faena y protocolos en entredicho
De acuerdo con Ecoceanos, 83 trabajadores han fallecido entre 2013 y 2025 en labores vinculadas al cultivo de salmón en Chile, una cifra que supera ampliamente a la de Noruega, que reporta apenas tres casos en más de tres décadas. La historia de Julia Cárcamo López ilustra la tragedia: su esposo, Arturo Vera, de 59 años, murió tras ser golpeado por la hélice de una embarcación mientras trabajaba como buzo en el centro de cultivo Taraba, en Puerto Natales. Buzos señalan que, según protocolo, el motor del bote debió estar apagado. Hubo multa por incumplimientos laborales y la familia recibió una compensación judicial; sin embargo, para Julia la pérdida era evitable. “Quienes consumen salmón chileno no imaginan cuánta sangre humana hay detrás”, refuerza el testimonio recogido por el medio británico.
Una huella ambiental marcada por antibióticos
El reportaje aborda el impacto de una expansión que ha intensificado la presión sobre fiordos y canales del sur. Mientras Noruega prácticamente eliminó el uso de antibióticos en 2024, centros de cultivo chilenos utilizaron más de 351 toneladas ese mismo año. Aunque la cifra ha bajado respecto de 2014, sigue entre las más altas del planeta. Investigaciones citadas señalan que entre 70% y 80% de los antibióticos terminan en el ambiente, afectando fondos marinos, organismos filtradores, peces y aves, además de fomentar resistencia antimicrobiana. Pescadores artesanales de Carelmapu y otras zonas reportan disminución de erizos, cholgas y locos, con efectos directos en su sustento: “No podemos vivir de la pesca como antes”, lamentan.
Pueblos originarios y ríos bajo presión
Los impactos no se limitan al mar. En la fase de agua dulce —fertilización, incubación y primeras etapas de crecimiento— los centros se emplazan en ríos y cuencas de La Araucanía y Los Ríos. Comunidades Mapuche denuncian contaminación, pérdida de fauna y afectación a espacios ceremoniales. En Chesque Alto, habitantes relatan que un centro de cultivo dejó tramos del río con zonas “rojas y viscosas”, presuntamente relacionadas al vertimiento de químicos usados contra parásitos. La machi Angélica Urrutia recuerda la muerte de cuatro vacas en 2005 tras beber agua del río; un veterinario confirmó signos de intoxicación por formalin(a), compuesto utilizado en la industria y catalogado como potencialmente cancerígeno. Tras años de denuncias, en 2021 se consiguió paralizar temporalmente el centro y se observó retorno de fauna. Pese a ello, la empresa sigue operando mientras enfrenta un proceso sancionatorio.
Fiscalización con recursos al límite
Otro eje crítico es la capacidad del Estado para fiscalizar un entramado de centros ubicados en áreas aisladas y de difícil acceso. En Puerto Natales, la Inspección del Trabajo cuenta con apenas siete funcionarios para supervisar una treintena de instalaciones, sin embarcaciones ni aeronaves para llegar a ellas. En la práctica, cada centro puede ser visitado solo una vez al año. Para expertos, esta brecha refleja un desajuste estructural: el crecimiento del sector superó la capacidad regulatoria. “La sustentabilidad del salmón chileno no depende solo del volumen producido, sino de las condiciones en que se produce”, advierte el inspector Jorge Ampuero.
Escala exportadora y presiones de cambio
El sector salmonero chileno exporta más de 750 mil toneladas anuales a más de 80 países, y se mantiene como un pilar económico. Sin embargo, la mayor visibilidad internacional de sus impactos —alimentada por investigaciones y reportajes— eleva la presión por cambios urgentes, tanto en seguridad laboral como en estándares ambientales. Mientras autoridades ambientales, Sernapesca y representantes de SalmonChile declinaron declarar a The Guardian, las comunidades afectadas insisten en más transparencia, regulación y reparación. “Queremos vivir del mar, pero sin morir por él”, resume uno de los pescadores entrevistados.
El caso retratado vuelve a plantear una disyuntiva de fondo: cómo compatibilizar una industria estratégica con la protección de vidas y ecosistemas. El relato de familias como la de Julia Cárcamo, la presión sobre la pesca artesanal y las denuncias de comunidades Mapuche se cruzan con un Estado que, según el reportaje, fiscaliza por debajo de las necesidades reales. La advertencia es clara: cuando la productividad avanza más rápido que la regulación, los costos —humanos y ambientales— se acumulan. En ese escenario, los compromisos públicos que el sector asuma y la capacidad efectiva de control se vuelven determinantes para el futuro de una actividad cuyo alcance económico ya no basta para despejar las dudas que hoy la rodean.
Frases que marcaron el reportaje
- “No se imaginan cuánta sangre humana lleva” el salmón que llega a los mercados internacionales.
- “La sustentabilidad del salmón chileno no depende solo del volumen producido, sino de las condiciones en que se produce”, subrayó el inspector Jorge Ampuero.
- “Queremos vivir del mar, pero sin morir por él”, expresó un pescador.
Cifras clave del caso
- 83 trabajadores fallecidos en faenas de salmón entre 2013 y 2025; en Noruega, tres muertes en más de 30 años.
- Uso de más de 351 toneladas de antibióticos en 2024 en centros chilenos; en Noruega su uso fue prácticamente eliminado.
- Entre 70% y 80% de los antibióticos empleados llegan al ambiente, con impactos en fondos marinos y fauna, y riesgo de resistencia antimicrobiana.
- La industria chilena exporta más de 750 mil toneladas anuales a más de 80 países.
- En Puerto Natales, la Inspección del Trabajo cuenta con 7 funcionarios para supervisar una treintena de centros, sin medios de transporte propios; cada instalación puede recibir una visita al año.