Santiago Craig presenta su nuevo libro, El nombre de todos los sonidos del bosque (Tusquets), un volumen de siete cuentos que confirma su lugar entre las voces que renuevan el relato breve argentino. En diálogo con Gisela Colombo, el autor revela un método de trabajo poco convencional —“escribir caminando”— y vuelve sobre los vínculos que vertebran su obra: paternidad, maternidad y soledad. Con una prosa que, según la crítica, convierte en trascendente lo que parece insignificante, Craig describe un proceso creativo que apuesta por la escucha del entorno, la deriva atenta y la paciencia de los detalles.
Un nombre clave en la narrativa breve argentina
Nacido en Buenos Aires en 1978, Craig es uno de los autores asociados a la renovación del cuento en la Argentina. Su trayectoria combina relatos, novela, poesía y literatura infantil: publicó los libros de cuentos El enemigo (2010), Las tormentas (2017, finalista del Premio de Cuento Gabriel García Márquez), 27 maneras de enamorarse (2018) y Animales (2021); las novelas Castillos (2020) y Vida en Marta (2024, Tusquets); el poemario Los juegos (2012) y el libro infantil Un coso (2021, con ilustraciones de Pablo Bernasconi). Obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes en 2017 y menciones en el Premio Nacional de Letras en 2019 y 2023. Su nuevo libro de cuentos dialoga con los temas y pulsos de su última novela, estableciendo un arco coherente entre formatos y búsquedas.
Un libro que nace al caminar
“Escribo caminando”, dice Craig, y la afirmación no es una metáfora. Sus relatos nacen en plazas, veredas, trenes o filas de supermercado, con pausas para anotar, mirarlo todo y mandarse audios. Ese desplazamiento, más que un gesto estético, obedece a una necesidad íntima: “Desde muy chico, la lectura y la escritura fueron una forma de irme. No sé estar”. La casa, lejos de ser refugio, se le vuelve “el lugar de la atención total”, un territorio de responsabilidades donde “todo me afecta”. De ahí la preferencia por lo ajeno y el ruido: “No busco serenidad, necesito poder estar desatento”.
En esa deriva hay también una memoria formativa: la infancia y adolescencia en un departamento compartiendo habitación, con espacios de soledad conseguidos de madrugada y a medias. Caminar, entonces, fue costumbre y luego método. “Desde entonces, estar en mí es irme”, explica. El movimiento libera un ritmo —“una musiquita”— que, según el autor, no aparece cuando está quieto. Ese pulso exterior se vuelve la respiración de los cuentos.
“Dibujar el blanco alrededor de la flecha”
Craig rechaza la idea de una escritura que apunta a un blanco predispuesto. Prefiere “dibujar el blanco alrededor de la flecha”: saber qué quiere escribir sin saber qué saldrá escrito. Lo explica con un ejemplo de laboratorio narrativo: una mujer duerme en una casa de campo; al despertar, se abre el mundo —niños, un lago con patos, recuerdos lejanos y próximos, un cuento que vuelve—. Pero otros elementos imprevisibles irrumpen y se imponen: “¿De dónde sale su gato? ¿Por qué hay una camioneta y un beso?”. La respuesta no está antes, sino que aparece en la escritura. La “absoluta arbitrariedad”, dice, se transforma en única posibilidad, el relato que “se hace” hasta decir: “es acá”.
La distancia entre intención, proceso y resultado no es para Craig una falla, sino la condición misma de la literatura. No hay molde previo ni camino recto: hay palabras que arman forma, una forma que se descubre mientras se escribe. Ese transitar sin mapa es la brújula.
Vínculos íntimos como brújula narrativa
Como en Vida en Marta, los nuevos cuentos vuelven sobre paternidad, maternidad y soledad. Pero el autor insiste: no busca “temas”; lo que lo empuja es la fantasía concreta, “siempre en la forma de algo o de alguien”. Aun así, reconoce un imán: los afectos que dan peso a lo cotidiano. “Sin el lado del mundo en el que importa el amor, la amistad, el cuidado, sería una pesadilla solipsista”, confiesa. En ese vaivén entre el ensueño fabulante y el pulso afectivo, Craig se reconoce en una repetición productiva: “Buscamos (un poquito engañados) el modo diferente de decir siempre lo mismo”.
Lo extraordinario en lo común: la apuesta por lo pequeño
Interpelado por la crítica que le atribuye convertir lo insignificante en trascendente, Craig asume una posición: mirar lo doméstico y lo cercano es también una forma de resistencia. En tiempos de discursos que declaran atender lo “macro” y desatienden lo “micro”, la literatura —sostiene— puede “desempolvar la trascendencia” de lo que parece no importarle a nadie. “En este tiempo fraccionado en porciones histéricas, frenar y mirar y escuchar es resistir”, afirma. La lectura y la escritura funcionan así como “telepatía emocional diferida”, un vínculo de imaginación y atención compartida entre personas que, a contramano de la estridencia, vuelven a escuchar dónde late la vida.
Entre cuento y novela: dos ritmos, una obra
Craig alterna los formatos sin abandonar ninguno. “Casi siempre estoy escribiendo una novela”, admite: una compañía de largo aliento, “un patio del cerebro”, abierta y hospitalaria. La novela lo empuja hacia adelante y lo obliga a tolerar la desorientación, el trabajo largo, incluso la posibilidad de que “me venza”. En cambio, el cuento llega como compañía intensa: lo toma por completo, le permite entusiasmarse con un rumbo, sentir la cercanía de un final, confiar en que “alcanza lo que hago para armar ese mundito”. La contraposición sintetiza su ética de forma: “La novela traga y procesa; el cuento tiene un estómago más delicado”.
En El nombre de todos los sonidos del bosque, Santiago Craig afianza una poética que elige desplazarse para ver mejor, escuchar lo mínimo para decir lo esencial y aceptar que el camino de un cuento se traza andando. Entre caminatas, notas y audios, su escritura confirma que, a veces, el blanco aparece recién cuando la flecha ya está clavada. Y que en esa espera activa —hecha de paciencia, ritmo y oído— se juega la consistencia de una obra que conversa con la realidad desde sus zonas más porosas: los afectos, la soledad y los pequeños gestos que sostienen la vida compartida.
Obras publicadas y reconocimientos
- Relatos: El enemigo (2010), Las tormentas (2017, finalista del Premio de Cuento Gabriel García Márquez), 27 maneras de enamorarse (2018), Animales (2021).
- Novelas: Castillos (2020), Vida en Marta (2024, Tusquets).
- Poesía: Los juegos (2012).
- Infantil: Un coso (2021, con ilustraciones de Pablo Bernasconi).
- Distinciones: segundo premio del Fondo Nacional de las Artes (2017) y menciones en el Premio Nacional de Letras (2019 y 2023).
Sobre “El nombre de todos los sonidos del bosque”
- Editorial: Tusquets.
- Composición: siete cuentos.
- Ejes: paternidad, maternidad y soledad, en continuidad con Vida en Marta.
- Método de escritura: caminar, observar, registrar sin plan previo, “dibujar el blanco alrededor de la flecha”.