Santiago Craig, el genio del cuento breve: una entrevista imperdible

Santiago Craig, el genio del cuento breve: una entrevista imperdible

Santiago Craig vuelve al centro de la escena con El nombre de todos los sonidos del bosque (Tusquets), un volumen de siete cuentos que ahonda en paternidad, maternidad y soledad, y confirma su estatura como una de las voces que impulsan la renovación del cuento argentino. Autor de libros de relatos como El enemigo (2010), Las tormentas (2017, finalista del Premio de Cuento Gabriel García Márquez), 27 maneras de enamorarse (2018) y Animales (2021), además de las novelas Castillos (2020) y Vida en Marta (2024), Craig sostiene una poética que vuelve trascendente lo aparentemente insignificante. Esta vez, redobla la apuesta con un procedimiento de escritura inusual: caminar, sin plan, hasta que la historia se imponga. “Escribir caminando” —explica— fue el punto de partida de los relatos que, a su modo, “dibujan el blanco alrededor de la flecha”.

Un método en movimiento: escribir caminando

Craig sitúa el origen físico de su escritura lejos del escritorio. “Todo lo vinculado a la escritura y la lectura representa para mí, desde muy chico, una forma de irme”, dice. No lo vive como huida, sino como un modo de procesar una dificultad íntima: “yo no sé estar”. Esa inquietud encuentra cauce en la calle, las plazas, las filas: un desplazamiento que enciende la imaginación. La escena doméstica, en cambio, le resulta un territorio de “atención total”: “Cuando estoy en casa todo me afecta, todo es mío, a todo estoy atado con hilos de responsabilidad… Por eso, es muy improbable que escriba en casa”.

El hábito nació en la infancia, en un departamento compartido con sus hermanos, con la soledad conseguida en “un tiempo al costado”, casi clandestino. Desde entonces, dice, “estar en mí es irme”. Caminar y pensar, hablar solo, parar y mirar, grabarse audios, anotar: ese es el pulso productivo. “Necesito estar en lo ajeno, en el ruido de lo que no me afecta para poder dedicarme sin culpa a las novelas y los cuentitos. Hay un ritmo ahí también. Una musiquita que si estoy quieto no suena”.

“Dibujar el blanco alrededor de la flecha”

La imagen que Craig elige para describir su proceso es elocuente: no se trata de apuntar a un objetivo prefijado, sino de dejar que el cuento encuentre su forma. “Yo sé lo que quiero escribir siempre, pero no sé lo que voy a escribir nunca”. Entre intención, escritura y resultado hay una distancia que asume y explota. Explica con un ejemplo: si piensa en “una mujer que duerme en su casa, en el campo”, sabe que va a despertarse; puede intuir “chicos y patos en un lago”, recuerdos, un cuento oído. Pero lo demás —un gato, una camioneta, “un beso”, un pensamiento sobre “los chanchos y los bosques”— emerge en la marcha. “Durante la escritura, esa absoluta arbitrariedad que aparece se va convirtiendo en lo único posible… En ese sentido, haciéndose, el cuento encuentra su propia forma, dibuja el blanco alrededor de la flecha. Dice: es acá”.

Los vínculos cotidianos como centro

En sintonía con Vida en Marta, el nuevo libro regresa a paternidad, maternidad y soledad, no como “temas” abstractos, sino como materia viva que sostiene lo que importa. “Estar solo me gusta, pero no siempre, no tanto”, concede. Su disparador no es la etiqueta temática sino la “fantasía” en forma de “cosa”: una imagen, un personaje, una situación concreta que se vuelve imán. En ese recorrido, los afectos —amor, amistad, compañía, cuidado— marcan el pulso. “No encuentro un modo más puro, un sustrato más esencial de lo que me importa que en el que hay en esos vínculos… Porque al final eso pasa con los que escribimos, somos de buscar (un poquito engañados) el modo diferente de decir siempre lo mismo”.

La épica de lo pequeño como resistencia

Para Craig, atender lo pequeño implica un posicionamiento frente a un clima de época saturado de “acontecimientos”. “Al margen de lo que yo pueda lograr o no con lo que escribo, me parece que sí hay una forma de resistencia en estar atento a lo pequeño, a lo doméstico, a lo cercano. En ver ahí lo que importa. No solo Dios está en los detalles, nosotros también”. Contrapone esa atención a un discurso que mira “lo ‘macro’ y no lo ‘micro’”, que declara desentenderse de “la vida cotidiana de la gente” y relega la intemperie de “no llegar a fin de mes” a “asuntos entre privados”.

En tiempos de “maremoto de intensidades” y “tiempo fraccionado en porciones histéricas”, frenar, mirar y escuchar equivale a resistir. Para él, lectura y escritura son una “telepatía emocional diferida”, un viaje de sensibilidad “de persona a persona”. De ahí el gesto estético y ético de desempolvar “la trascendencia de lo que parece no importar a nadie”, escuchar “cómo en esos lugares la vida palpita”.

Cuento y novela: dos compañías distintas

Craig alterna formatos y los vive como convivencias afectivas diferentes. “Casi siempre estoy escribiendo una novela… La novela es una compañía, un patio del cerebro”. Es un mundo concreto que crece lento y exige resolver problemas a lo largo de “meses, años”. El cuento, en cambio, llega como “compañía eventual”: “son más intensos, me toman casi completamente mientras escribo… suelo escribir bastantes más páginas seguidas de un cuento que de una novela”.

Esa diferencia también es digestiva: “El cuento me permite ser intenso y torpe, entusiasmarme… darme el aliento de saber que hay un final”. La novela “empuja hacia adelante”, desborda, admite desorientación y trabajo interminable: por eso es “amable”, “abierta”. “En la novela entra casi todo lo que quiero que entre… El cuento tiene un estómago más delicado”.

Leer sin prisa: la propuesta al lector

La recepción es, para Craig, un territorio sin certezas. “Realmente no lo sé. Nunca lo sé” —admite sobre lo que su libro provocará—. Aun así, comparte una clave de lectura que practica como lector: ir de palabra en palabra, “no apurarme a encontrar en el libro lo que hay de mí”, ni esperar un impacto prefabricado. Propone entrar en el vínculo con quien escribe: “Darle mi tiempo sereno, entrar en ese vínculo, escucharlo”. En un contexto que, como plantea la entrevista, reconoce una “segunda juventud” del cuento argentino y latinoamericano, esa invitación a la atención se alinea con su modo de concebir la literatura: un espacio donde lo íntimo, lo ínfimo y lo cotidiano adquieren la densidad de lo trascendente.

En El nombre de todos los sonidos del bosque, Craig refuerza su estética de movimiento: caminar para pensar, oír para escribir, reducir el ruido para escuchar lo que importa. En esa zona, los relatos respiran a su propio ritmo y encuentran, sin mapa previo, su forma justa. La literatura —parece decir su libro— puede ser un modo de estar en el mundo: no tanto acertar al blanco, sino descubrir, al fin, dónde dibujar el blanco.

Obra publicada y reconocimientos

Santiago Craig (Buenos Aires, 1978) publicó los libros de relatos El enemigo (2010), Las tormentas (2017, finalista del Premio de Cuento Gabriel García Márquez), 27 maneras de enamorarse (2018) y Animales (2021); las novelas Castillos (2020) y Vida en Marta (2024, Tusquets); el poemario Los juegos (2012) y el libro infantil Un coso (2021, con ilustraciones de Pablo Bernasconi). Obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes en 2017 y menciones en el Premio Nacional de Letras en 2019 y 2023.

El nuevo libro: claves de lectura

  • Título: El nombre de todos los sonidos del bosque (Tusquets).
  • Composición: siete cuentos.
  • Ejes temáticos: paternidad, maternidad y soledad, en continuidad con Vida en Marta.
  • Procedimiento de escritura: caminar sin plan, dejar que la historia trace su forma; “dibujar el blanco alrededor de la flecha”.
  • Poética: atención a lo pequeño y doméstico como modo de volver trascendente lo que parece insignificante.

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