El cambio climático está instaurando una “nueva normalidad” de olas de calor extremo, con impactos cada vez más severos sobre la salud de las personas mayores y el equilibrio de los ecosistemas. Así lo advierte el Informe Fronteras 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), presentado este miércoles en Nairobi, que documenta cómo el aumento de las temperaturas, la degradación ambiental y la presión urbana convergen en una crisis sanitaria y ecológica de alcance global.
El reporte identifica a los adultos mayores como el grupo más amenazado por el calor: las muertes anuales asociadas a altas temperaturas crecieron 85% desde los años 90, especialmente en ciudades donde la mala calidad del aire y las inundaciones urbanas multiplican los riesgos. Ante este escenario, el PNUMA propone un paquete de medidas centrado en la planificación urbana, la creación de ciudades más verdes, la gestión comunitaria del riesgo y el acceso a información climática, junto con acciones para eliminar la contaminación.
La alerta se extiende a amenazas emergentes. El informe advierte que el “despertar” de microbios antiguos por el derretimiento de la criósfera —glaciares, permafrost y otras masas de hielo— podría intensificarse si la temperatura global aumenta más de 2 °C, elevando el riesgo de resistencia antimicrobiana y afectando a comunidades dependientes de aguas de origen congelado. A ello se suma la remoción de productos químicos prohibidos por efecto de inundaciones, con potencial de contaminación de suelos y alimentos. Además, el envejecimiento de represas se perfila como una amenaza que requiere decisiones equilibradas entre seguridad, desarrollo y restauración ecológica.
Olas de calor extremo: la “nueva normalidad”
El PNUMA plantea que el calor extremo ya no es un fenómeno excepcional, sino un rasgo persistente de la crisis climática que reconfigura la vida en ciudades y zonas rurales. La intensificación de las olas de calor altera ritmos biológicos, deteriora servicios ecosistémicos y exacerba la exposición humana a condiciones potencialmente mortales. En este contexto, la resiliencia urbana y la adaptación basada en evidencia se vuelven imprescindibles para reducir el impacto acumulado de temperaturas sostenidas por encima de los umbrales de seguridad para la salud.
Personas mayores, las más vulnerables
La población de edad avanzada concentra la mayor carga de riesgo. Según el informe, la combinación de envejecimiento demográfico y calor extremo eleva la incidencia de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y metabólicas, además de aumentar la mortalidad. Esta vulnerabilidad se agrava entre quienes padecen enfermedades crónicas o viven en condiciones precarias. El PNUMA subraya la necesidad de reforzar la gestión comunitaria del riesgo, garantizar el acceso oportuno a información climática y asegurar entornos urbanos que atenúen el estrés térmico. La ONU además llama a diseñar un nuevo marco internacional que proteja los derechos de las personas mayores frente a la crisis climática.
Ciudades bajo presión: aire, inundaciones y calor
El informe sitúa a las áreas urbanas en el centro de la emergencia. La mala calidad del aire potencia los efectos del calor sobre el sistema respiratorio, mientras que las inundaciones —cada vez más frecuentes— introducen riesgos añadidos para la salud pública y la infraestructura. La respuesta sugerida combina mejor planificación urbana, aumento de superficies verdes, reducción de fuentes de contaminación y fortalecimiento de redes comunitarias para la prevención y el cuidado. La noción de “ciudades más verdes” que atenúen islas de calor y mejoren la calidad del aire se presenta como una línea de acción central.
Microbios antiguos y resistencia antimicrobiana
El “despertar” de virus, bacterias y hongos conservados en la criósfera irrumpe como un riesgo emergente con implicaciones sanitarias. El PNUMA advierte que, si la temperatura global supera 2 °C, la probabilidad de reactivación aumenta, con potenciales efectos sobre la resistencia antimicrobiana. A su vez, las poblaciones que dependen de agua proveniente de regiones congeladas podrían enfrentar alteraciones en la calidad y disponibilidad del recurso. El informe llama a una vigilancia proactiva y a integrar estos riesgos en las estrategias de adaptación.
Químicos prohibidos e inundaciones: una amenaza que regresa
Las inundaciones no solo dañan infraestructura y comprometen la seguridad inmediata de las comunidades; también pueden remover productos químicos prohibidos, arrastrándolos a la superficie y a los cursos de agua, con el consiguiente riesgo de contaminación de suelos y alimentos. Para mitigar estos impactos, el PNUMA recomienda una combinación de infraestructura tradicional y soluciones basadas en la naturaleza, como las “ciudades esponja”, además de sistemas de monitoreo y estudios de impacto económico que orienten inversiones y políticas públicas.
Represas envejecidas: equilibrio entre seguridad y biodiversidad
El envejecimiento de represas aparece como otra señal de alerta. La eliminación de grandes estructuras obsoletas puede restaurar la conectividad de los ríos y beneficiar la biodiversidad, pero exige un manejo cuidadoso para equilibrar la seguridad de las comunidades, las necesidades de desarrollo y la restauración ecológica. El informe sugiere evaluar caso por caso, con criterios de riesgo, beneficios ambientales y sostenibilidad a largo plazo.
Qué abarca la criósfera
El PNUMA define la criósfera como el conjunto de glaciares, permafrost y otras masas de hielo. Su deshielo, acelerado por el calentamiento global, puede liberar microorganismos que han permanecido inactivos durante siglos, con posibles efectos en la salud y en la disponibilidad de agua para comunidades que dependen de estas fuentes.
En qué consisten las “ciudades esponja”
Las “ciudades esponja” integran soluciones basadas en la naturaleza y infraestructura convencional para absorber, retener y gestionar el agua de lluvia, reduciendo inundaciones y contaminación, y mejorando las condiciones térmicas urbanas.
La señal que emite el Informe Fronteras 2025 es inequívoca: la crisis climática ya está reconfigurando la salud pública y los ecosistemas, y las personas mayores se encuentran en la primera línea de riesgo. Con amenazas emergentes que van desde la reactivación de microbios antiguos hasta la remoción de químicos prohibidos y el dilema de las represas envejecidas, la respuesta requiere acción colectiva, inversión en resiliencia y un marco internacional que proteja los derechos de los más vulnerables. El PNUMA insta a fortalecer la planificación urbana, apostar por ciudades más verdes y operar con información climática y monitoreo continuo, para evitar que esta “nueva normalidad” derive en una catástrofe sanitaria y ambiental.