En 1981, las dictaduras militares de Chile y Brasil abrieron una vía reservada de cooperación para responder al avance de la influencia argentina en la región antártica. Según documentos diplomáticos brasileños que CIPER obtuvo y revisó en 2014, Santiago puso a disposición de Brasil antecedentes confidenciales por fuera de los procedimientos establecidos por el Tratado Antártico.
El acercamiento aumentó después de que un agregado naval brasileño recorriera bases chilenas en el continente blanco. La Guerra de las Malvinas, en 1982, introdujo incertidumbre en los planes, pero su desenlace terminó favoreciendo la incorporación de Brasil a la actividad antártica. De ese proceso surgió un proyecto científico conjunto destinado a estudiar el desembarco del «hombre tropical» en ese territorio.
La iniciativa fue impulsada por Augusto Pinochet y João Figueiredo, los líderes de las dictaduras chilena y brasileña, respectivamente. El propósito era contener a Argentina poco antes del conflicto del Atlántico Sur. Los antecedentes del episodio se remontan a 1980, cuando un cable de la embajada brasileña en Buenos Aires abordó un acuerdo pesquero entre Brasil y la Unión Soviética.
En 1981, la propuesta de Pinochet tomó fuerza en medio de la disputa limítrofe con Argentina por el Canal Beagle. El desacuerdo había llevado a ambos países al borde de una guerra en 1978 y se resolvió en 1984 mediante el Tratado de Paz y Amistad, con mediación del Vaticano. Dentro de ese escenario, Chile intentó sumar a Brasil a una estrategia destinada a frenar las pretensiones argentinas en los mares australes.
Un intercambio al margen del Tratado Antártico
En agosto de 1981, Fernando Zegers, director general de política exterior de Chile, se reunió con representantes brasileños. En ese encuentro expuso la idea chilena de conceder mayores prerrogativas a países que, como Brasil, no eran miembros consultivos del Tratado Antártico. Argentina rechazó la propuesta y, luego de esa respuesta, Zegers planteó establecer un conducto confidencial para compartir información reservada al margen de las instancias oficiales del acuerdo.
Brasil aceptó mantener esos contactos de manera discreta y recibir información enviada desde Santiago, de acuerdo con los documentos examinados por CIPER. Sin embargo, sus diplomáticos recibieron la instrucción de evitar que la relación pareciera un «emprendimiento conjunto» con Chile. La cautela buscaba impedir tensiones con Argentina, mientras Brasil terminaba de resolver diferencias hidroeléctricas en la Cuenca del Plata y cerraba un acuerdo de cooperación nuclear con ese país.
La exploración de las bases chilenas
A fines de 1981, una conversación informal con el general Javier Lopetegui, de la Fuerza Aérea de Chile (FACH), abrió una nueva fase. En ella se analizó organizar expediciones de la FACH a la Antártica para efectuar trabajos de aerofotogrametría y magnetometría orientados a la búsqueda de yacimientos petrolíferos.
El acercamiento se concretó en enero de 1982. En ese momento, el capitán de mar y guerra Ivaldo Carvalho dos Santos, agregado naval de Brasil, fue invitado a recorrer las bases chilenas Teniente Marsh, Arturo Prat y Bernardo O’Higgins a bordo del buque Piloto Pardo.
Después de la visita, Carvalho dos Santos informó que las operaciones chilenas se desarrollaban únicamente durante el verano y que Chile no contaba con rompehielos; en su lugar, empleaba naves con cascos reforzados. Esa información resultó relevante para diseñar el Programa Antártico Brasileño (PROANTAR) y adquirir el buque Barão de Teffé.
La Guerra de las Malvinas detuvo temporalmente esos planes, aunque el desenlace del conflicto volvió a impulsar la actividad antártica de Brasil.